Mostrando entradas con la etiqueta eme. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta eme. Mostrar todas las entradas

martes, 31 de julio de 2012

Nearby

Anoche soñé contigo. Podría ser una de mis mentiras aterciopeladas, o bien una de esas que las pillas antes siquiera de que me brillen los ojos. Pero no, esta vez fue verdad. Soñé que te recorría las caderas en un abrazo de cristal, y te miré  a los ojos. Soñé que pude ver tu mirada muy lejos de allí, en otro lugar. No se donde, pero la vi. Y comprendí que aquel no era mi sitio. Que los abrazos te los tenía que dar otro, que yo solamente podría añorarte, solo tendría mi imaginación para suplir el enorme vacío de algo que no llegó a ser, pero que pesa tanto como una losa de lágrimas. Claro, yo ya había echo planes por si realmente eras mía, y te solté de la cintura para deshacerlos; y para dejarte ir. Fue como quitar un lazo. Tuve que desescribir todas las canciones, mancharme de tinta las manos tachando cada retazo de ti pintado en mis historias. Borré los árboles, las flores, el azul, el sol y las estrellas; y me volví a pintar a mí mismo borracho, melancólico y gris en cualquier garito que jamás visité. Miento mucho, pero te juro que pinto al escribir. Pinto cosas que tuve que enyesar cuando el lazo se deshizo y tú desapareciste. Tuve que volver a hacer café para uno.

Anoche también soñé que me conformaba con mirarte de lejos cuando tú estuvieras mirando a ese otro, solamente para ver ése brillo en la mirada que a mí me resplandece sólo cuando miento. 

Anoche me desperté y te habías ido. Si realmente te hubieras llegado a quedar alguna vez, te habías ido. No como todas aquellas veces que siempre estabas, que yo te sonreía y hacíamos el amor. No. Esta vez tú rompías mis pobres historias, el consuelo que me queda.



miércoles, 18 de abril de 2012

EnfadosdeSol #4

A lo poco, se me hizo corto. Cortos tus abrazos, tus besos y tus curvas; cortos tus toques obligados, tus besos cortos; cortos como lo poco que pude disfrutar de las estrictas normas de este juego. Corta se me quedó la ecuación que falló irreversiblemente, cortas las horas, las miradas cortas.

Sufría tanto por defecto que  encontré el exceso como cura, buscando el polo negativo del imán para intentar reequilibrar la balanza. Y entonces se me hicieron largas las horas, los días sin ti, largas las piernas de las mujeres que dejaba pasar con un elegante capotazo, y las noches frías;  largos mis silencios más sonoros que un grito, largas las tardes de lluvia, los tragos largos. Y fue peor el remedio que la enfermedad, y peor aún ambos juntos. Largas las canciones tristes, el camino al baño, el paso tortuoso y obligado por tus recuerdos. Largo el mapa que estudiaba con recelo cada noche planeando mi huida de aquella cárcel que una vez llamamos casa.

Y de tanto medir, de quedarme con nada o con demasiado, y de no ver otra salida, decidí colarme en el rincón apartado del raciocinio, y elegir entre lo mucho y lo escaso. No sé si elegí bien, pero aquí estoy, dilatando tu recuerdo con el paso lento y calmado hasta la tortura, deliberadamente lento. Pero al menos, elegí yo, y el eco de tus pasos por el pasillo cada vez suena más amortiguado. Cosas de la edad.

viernes, 6 de abril de 2012

Colombo, los puros y la casa fría de la que te hablé (títulos entre paréntesis, já, invento mío)

Las cortinas rotas son una buena señal de que algo no va bien desde que no estás. No sé. Quizás el suelo está más sucio, las paredes desconchadas por la cal del olvido, mis alaridos roncos de pobre borracho desde un rincón de la habitación donde nos amábamos, la espesa cortina de pena que cubre las fotos. Cosas así. No sé.

El cajón de tus medias estaba tan abandonado que tuve que llenarlo con unos cigarrillos huérfanos; y mis folios, antes llenos de palabras y más palabras, inútiles del todo, pero palabras al fin y al cabo, tienen unas pocas metáforas de Sabina que son tan agrias como el sabor de cualquier cosa a mi paladar. Sigo pensando que lo tuyo fue todo un plan, un maldito plan maléfico.

Y yo lo sabía.
Pero lo peor fue que me dejé engatusar.

Siguiendo la línea que dejó tu cintura al pasar por los pasillos, he llegado hoy a un nuevo rincón que no había descubierto aún: la apatía. Consiste en sentarse en el sofá de mentiras que nos montamos, tan cómodo como inútil en mitad del salón. Sentarse ahí y quedarse con una cara de bobo descomunal mientras los recuerdo pasan lentamente, y cada vez más borrosos, más borrosos hasta que me doy cuenta del acto reflejo de llevarme la copa a los labios agrietados cada vez que te girabas.

Obviamente, como todo en tu plan, a la apatía le sigue un sentimiento de vacío y abandono, moteado de desilusión; y después de estar un rato pensando cómo combatirlo, se esfuma entre las columnas del patio. Ése patio sucio y descuidado, donde sólo llueve y hace frío (como todo en este maldito pueblo). Cuando estabas tú, no pasaba eso del todo. Hacía frío, pero no le prestaba atención. Ahora todo se ha vuelto mucho más irritante, como el reflejo del sol en la cara un día de resaca. En resumen, no sé que va mal sin ti, si las cortinas desgarradas o mis susurros a las musas del aire cuando toco el piano que, oh, no tiene siquiera teclas.

(Teclas, dientes, colmillos, los que tú me dejaste grabados en el cuello).

Me dejaste casi más interrogante y soso que Colombo sin su puro. Y ya es decir.
Cosas así. No sé.