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miércoles, 19 de diciembre de 2012

Variazione di un tango


En aquel espacio de tiempo entre el metro y su casa comenzó a pensar por primera vez.  A pensar en cuánto echaría de menos sus ojos, aquella manera especial que podía tener de arrugar la nariz cuando algo no le hacía demasiada gracia, sus medias sonrisas posteriores. Se sintió algo más desamparado que el momento antes de haberse echado a pensar, así que apretó el paso.  No era otra de sus descripciones tristes y arrastradas, tan sólo una apreciación.  Hacía frío, y desde hacía tiempo sospechaba secuestro, pero siempre había sacado fe de las dudas que empapaban su almohada, y no sabía exactamente cómo.

Ahora, sin embargo, las dudas se le habían hecho tan obvias que no eran dudas, sino cuadros burlones en las paredes del mismo pasillo que tenía que recorrer una y otra vez.

Él, irremediablemente, lo aceptaba, y cruzaba las manos tras la espalda mientras andaba. La resignación le dejaba siempre un sabor algo grisáceo, pero era mejor que la pena doliente del que sabe que no puede hacer nada, y se castiga por algo que, como es, escapa de su alcance.

“Sencillamente el amor es un juego, una ilusión para uno que para el otro jamás existe. “

Ahora comprendía el porqué de los largos silencios abatidos y borrachos del Capitán.
Ni una sola mención mental más del nombre de su musa en el resto del camino. Le temblaban los dedos con la experiencia del que se sabía desamparado en el ascensor. Tamborileó una vez más aquel ritmo nervioso antes de abrir la puerta de su piso, y ver que no estaba.

Los cuadros del pasillo se cayeron todos.

martes, 23 de octubre de 2012

París I



Quizás si mis pasos no me hubieran llevado hasta París, no habría vuelto. Aún hoy siento la magnificencia con la que me desveló la ciudad la primera vez, aquella primera vez en la que yo llegaba por casualidad y completamente derrotado, huérfano de amor y apurado de dinero. Recuerdo que París me maravilló con sus elegantes edificios recargados, sus frágiles torres altas, las luces brillantes que se veían en el espejo sempiterno del Senna. Recuerdo verme a mí mismo intentando cazar un rayo de sol, aunque fuera aislado, para poder satisfacer esa morriña que todos los acostumbrados al sol tenemos. Recuerdo que la Torre Eiffel no me impresionó tanto como lo que quedaba a nivel de suelo (los amores, las penas, el armónico acento francés; lo mundano en general), mientras aquella arrogante bandera francesa pugnaba por separarse de la puntiaguda señal hacia el cielo que lanzaba Eiffel, azotada por los vientos fríos que yo combatía con café y bufandas. Recuerdo los amores de metro que tenía yo con las francesas, elegantes, sutiles, reinas de la moda y el encanto; recuerdo cómo perdía una y otra vez la parada de la Roue de Cautelar por quedarme mirando un delicioso segundo más aquellos ojos que solían estar enmarcados por una ojeras de preocupación o estrés, y que yo mismo prometía borrar con un beso; también recuerdo cómo sentía un pellizco triste por perder de vista a mi nueva enamorada (cuyo nombre, en mi imaginación, siempre acababa en “e”).

Por tal acumulación de recuerdos que me hacían perder la mirada varios segundos durante mis noches venidas a poco, volví. Volví a París, volví al frío, que une más a los enamorados, y desvela a los desamparados (debería ser al revés, es lo justo en un universo donde nada lo es, y ni las matemáticas tienen compasión). Volví a sentarme en un banco cualquiera para ver pasar a la gente, volví para sonreír un poco con el alma. Volví a sentir apetito por la comida, que hacía juego con las mujeres: breves, tímidas, frágiles, ardientes tras una máscara de indiferencia, perfectamente insólitas. Comencé a coger aprecio a los mètres que me servían el vino, que sustituyó milagrosamente a mis accesos incontrolados de Bourbon; también a los estirados ejecutivos de traje y maletín, que no veían el momento de salir a correr para salvar la economía. Los apreciaba porque me enseñaron que la vida no es para eso, es para tomársela con calma. Es algo que encaja a la perfección con mi filosofía  de la resignación. En París hubo muchas miradas francesas que pudieron quedarme colgando de sus pestañas con rimel, pero que dejé pasar con un elegante capotazo y una sonrisa de perro viejo, “A estas me las conozco yo”. Me dediqué a sonreír, pues eso, con el alma. También me dejé enamorar por la fotografía, otra de mis pasiones pasajeras que, como casi todas las mujeres de mi vida, llegan como un tornado, terriblemente amorosas e incontroladas, a las que yo me entrego en cuerpo y alma, ellas en cambio arrasan mi mundo, y yo me quedo con cara de bobo y con una poesía a medias colgando en el tintero cuando se van. Ése tipo de pasiones son tan fugaces que las tengo que intentar pintar para tener un recuerdo algo menos difuso al que aferrarme en mis noches a la deriva. Como ya te conté, soy malísimo pintando, es de aquel otro tipo de pasiones, que se me dan tan mal que yo decido incluir en mi currículum. Cuando termino de pintarlas son más confusas aún que lo poco que atesoro yo en mi retina, y así vivo, desvelado por los sinsentidos de mi vida.

Y la verdad, en París hice bastantes fotografías. Sigo defendiendo que el color frío del invierno es algo mágico. No pienso venderlas, no pienso hacer exposiciones de ellas, me las quedaré como recuerdo de la única mujer que ha sabido corresponder mi amor (y a la que he sabido amar). 

Pd : Me doy cuenta (y me aterro de ello) de que soy incorregible, siempre tan obvio, tan repetitivo, siempre tan aferrado a mis falsas ideas. Soy de los pocos en saber hacer depender todo de una nube. París me lo recordó. Si caí de nuevo en la fotografía, volveré a caer en las redes de aquello que abrillanta mi esencia, aquello que sólo en la música me dejo expresar.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Baires, I

Siempre lo he pensado. No debe haber persona más triste en el mundo que un argentino mojado. Casi le puedo ver, caminando calle arriba con la cabeza gacha, una mano en el bolsillo buscando algún milagro de esos que yo solía hacer, la otra en un ramo de flores también mojado, triste, con los coloridos pétalos también mirando a la acera sistemáticamente gris.

Ahí, con su acento casi estúpido, con sus manías, sus idas y venidas, su lengua incontrolable, su testarudez. Subiendo la calle como un coloso, soportando todo el peso de sus decisiones y su mundo sin más ayuda que un mudo cigarrillo que se balancea en su boca mientras murmulla improperios. Casi me parece ver la viva imagen de Roberto aquella mañana de Febrero en la que hacía frío, bastante. Y así andaba él, con una mano buscando un milagro, o algún billete extraviado, realmente no sé qué era; y la otra soportando por casi dignidad aquel marchito nuevo ramo de flores.

Recuerdo que no hubo semana más fría y lluviosa en Buenos Aires (o Baires, como lo llamaba Roberto cuando bebía y se enfadaba con el mundo) que aquella sucia y fea de Agosto. Roberto, al igual que todos los argentinos, llevaba un filósofo dentro domado a base de fracasos, alcohol y  más fracasos atribuidos a su ética, sus valores y sus mentiras; así que mientras llovía fuera, él me contaba todo lo que se le ocurría sentados a la barra de un antro del centro.

"-Realmente, la soledad no es tan mala. En algún momento de nuestra vida estamos solos, queramos o no, así que es mejor estar a gusto con uno mismo, carajo, para que cuando llegue ese momento no nos pete el orto-decía, perdiendo la mirada con una sonrisa blasfema-.Al fin y al cabo, no existen tumbas de dos."

Decía cosas de borracho que jamás despertaron en mí la más mínima sorpresa, pero otras cosas como esas me hacían levantar la mirada del fondo cada vez más difuso del vaso que estaba sellado a  mi mano. Le miraba, atónito por lo que acababa de oír, por la profundidad y cruel realidad que emanaba de aquellas palabras que se perdían en el ambiente enrarecido del bar, y tan sólo veía en él una cara de resignación cruda aceptada serenamente, antes de que volviera a beber aquel maldito whisky que sabía a demonios.

Roberto fue mi profesor en desastres el poco tiempo que compartí con él en Baires. La verdad, aquel filósofo realista y borracho decía verdades como puños que seguramente se le olvidaban a los pocos segundos, pero que en mi memoria hicieron pozos profundos. Roberto también fue mi maestro músico, me enseñó el auténtica alma argentina, el tango; me enseñó que los violines y acordeones también lloran, que no hace falta hablar para entender lo que dice "una dama", como le gustaba a él hablar con cariño y pena de sus prostitutas preferidas. Era un alter-ego de él mismo aquellos días tristes, pues las llamaba por teléfono como quien llama a una vieja amante, quedaba con ellas en su piso, y yo hacía como que me iba de allí, cuando en realidad les espiaba al otro lado de la puerta. Él las llevaba a su habitación de la mano, como un galán, las sentaba en la cama, y les hablaba. Se pasaban horas hablando de diversos temas, para acabar siempre igual: un beso en los labios tímido, suave, breve como un aleteo, justo antes de que se fueran. Él las acompañaba de vuelta a la puerta, las despedía desde al marco, amarrado como Ulises a su mástil para no salir corriendo tras ellas, y las veía desaparecer por el ascensor. Yo, que cuando les sentía salir desde el otro lado de la puerta, me escondía en el rellano, fingía llegar más tarde. Y siempre me lo encontraba sentado en su sillón viejo y verde desgastado, con la mirada perdida y oliendo a tabaco y alcohol a partes iguales, con unos cuantos billetes menos en su cartera y, quizás, una cicatriz menos sangrante en su corazón. Siempre tuve miedo de que se le cayera alguna chispa a su ropa empapada en whisky y saliera ardiendo.

La verdad, aquella semana, Roberto era una auténtica mierda de argentino, siempre mojado y fumador, borracho y viejo como para cambiar sus vicios, y no convertirlos en costumbre. Pero le apreciaba. El día que nos despedimos en el aeropuerto no había empezado a beber (aún), y pese a ello, durante el apretón de manos que nos dimos, supo responder a mi pregunta mejor que aquel filósofo borrachuzo que llevaba encadenado al alma.

"-Roberto, te confieso que vine acá buscando amor, y no he encontrado a esa..-él me miró como si ya supiera todo eso desde que nos conocimos, hacía unos ocho días, y cortando mi intención de continuar la frase, sonriendo casi de manera fraternal, me dijo:

-El amor es de pobres. Siempre lo ha sido. Jamás ha habido un rey que haya sido amado por su esposa, y este amor haya sido correspondido. Pero más pobre es aquel que carece de amor. Acordaos.

-Roberto, estás curtido en eso. ¿Dónde está mi... dama?-dije yo, con casi sorna.

-Ah, carajo, eso es complicado. El mundo es bien grande, y eso de encontrar a esa chica... está bien jodido. Sobre todo desde que el twitter nos robó el romanticismo."

Tras esta sonrisa, me dijo un "Adiós" que realmente significaba adiós para siempre, pues ambos sabíamos que no nos volveríamos a ver. Pero aquel adiós sonó alegre, casi jovial, como quien se despide por un rato. Roberto, el argentino enamorado de las putas, el filósofo borracho, el fumador sempiterno, me dejó un legado que creo durará para siempre. Quizás a eso se refería con aquel adiós.