Alguna vez los días de lluvia se llevaron entre gota y gota el mínimo rastro de sonrisa. Esos días, las sombras malditas de su piso (o quizás él era el huésped en un piso de sombras), se daban cuenta perfectamente y le daban un pequeño respiro. La inmensidad desoladora de la ciudad se llevaba su perspectiva mojada sobre los tejados que se extendían en el infinito, en espacio y tiempo. Se sentía entonces encerrado pacientemente en un gris pesado e incómodo, alejado incluso de su triste reflejo en la ventana, desfigurado por los miles de pequeños microespejos que caían del cielo con una constancia arrebatadora. Además, en aquella ciudad siempre llovía por horas, horas ociosas para las sombras malditas, que jugaban a esconderse de las pocas luces que iluminaban un piso de propietario indefinido. Era en aquellos días donde intentaba recuperar el verso perdido de Neruda, sin darse cuenta de que la respuesta estaba justo frente a él, deslizándose por la superficie de su ventana, que era como una barrera de seguridad entre su soledad incólume y el mundo calado que intentaba apartar aquellas nubes pesadas de su frente.
Todos los posibles recuerdos estaban enterrados bajo años de aprender a sobrevivir sin ellos, y aún así le seguían doliendo, como cicatrices evaporadas. Era por eso que los días feos, como él los llamaba, decidía quedase colgado de aquella ventana, que era como una salvación, un salto al vacío para no ver lo que conllevaba lo lleno. Los libros le mordían las manos, y Márquez, o Darío, se convertían en sus confesores y verdugos, y de ninguna manera se atrevía a escuchar música. Así, sus sombras danzaban sobre su cabeza, en las altas bóvedas del salón por el que alguna vez se deslizó Chloé, sin hacer ruido, tal y como ahora. El rastro de su aura quedó atrapado en aquella atmósfera dorada, digna de algún cuadro de Velázquez, y su rastro era un camino de perdición para él, que lo seguía cada mañana, acariciando las paredes que contenían para toda la eternidad lo único que quedaba de ella: la silueta silenciosa. Cierto día, se dio cuenta de que aquello era una sombra, y un recuerdo, y volvió a caer en la desidia de los días de luvia.
Mostrando entradas con la etiqueta Neruda. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Neruda. Mostrar todas las entradas
jueves, 3 de octubre de 2013
miércoles, 15 de agosto de 2012
El verso perdido de Neruda (Lluvia)
Las curvas de aquella mujer era de lo poco que había conseguido recordar desde que ella desapareciese. Enrocado en su butaca, miraba la lluvia atravesar el cielo y castigar la soberbia de la ciudad. Su vejez estaba calada en él por cada arruga, estaba presente en el brillo de experiencia que delataban sus ojos. Esos ojos azules (creía recordar él), habían sido los que la habían conquistado. A ella. Ahora era sólo ella, no había nombre donde esconder sus recuerdos. Tan sólo recordaba las curvas de su barbilla, sus pómulos, sus bonitos ojos... del color que fueran. Su pelo largo y rubio, su cuerpo de mármol, esculpido por Miguel Ángel, el ritmo cardíaco acelerado que le producía mirarla fijamente a los ojos.
La edad no conseguía expulsarla de su memoria. Como tampoco lo había conseguido el alcohol. Ni las otras mujeres. Como la que le miraba atentamente desde la fría inmovilidad de una foto en su mesilla. Su mujer. Tampoco recodaba su nombre. Miró un poco más a la lluvia que destronaba los días cálidos de aquel inusual otoño. Sabía que había desperdiciado mucho tiempo intentando recordar su nombre, y sus ojos. Era terrible. Él, el autor de los cuadros más abstractos del mundo, no podía siquiera intentar un boceto suyo. Solía buscar refugio de su atormentada necesidad de recordarla como fuera en la poesía. También inspiración, por ver si uno de los versos suaves de Neruda le daba alguna pista. También escuchaba tranquilamente cada canción que le recordara a ella, cada nota, cada matiz. Pero nada. Todo se hundía en el inconmensurable lago de su memoria.
Mientras cerraba los ojos con cansancio y resignación, suspiró. La respuesta que él ignoraba estaba salpicando su ventana. Lluvia. Ojos azules. Tan libre como ella. Tan infinitamente perfecta.
Pero él desistió, y prefirió intentar olvidar.
La edad no conseguía expulsarla de su memoria. Como tampoco lo había conseguido el alcohol. Ni las otras mujeres. Como la que le miraba atentamente desde la fría inmovilidad de una foto en su mesilla. Su mujer. Tampoco recodaba su nombre. Miró un poco más a la lluvia que destronaba los días cálidos de aquel inusual otoño. Sabía que había desperdiciado mucho tiempo intentando recordar su nombre, y sus ojos. Era terrible. Él, el autor de los cuadros más abstractos del mundo, no podía siquiera intentar un boceto suyo. Solía buscar refugio de su atormentada necesidad de recordarla como fuera en la poesía. También inspiración, por ver si uno de los versos suaves de Neruda le daba alguna pista. También escuchaba tranquilamente cada canción que le recordara a ella, cada nota, cada matiz. Pero nada. Todo se hundía en el inconmensurable lago de su memoria.
Mientras cerraba los ojos con cansancio y resignación, suspiró. La respuesta que él ignoraba estaba salpicando su ventana. Lluvia. Ojos azules. Tan libre como ella. Tan infinitamente perfecta.
Pero él desistió, y prefirió intentar olvidar.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)