La historia la escriben los vencedores, y desde luego que él no lo hizo. Ni venció, ni la escribió. Las cosas pudieron suceder de mil maneras distintas para cada uno, pero ocurrieron tan sólo de una. Lo malo es que esa verdadera versión se perdió en las mentiras, se hundió en el tiempo, ya ya nadie la recuerda (o se atreve a hacerlo). La soledad de los días lluviosos se presentó en su portal mil y una veces, y llamó a la puerta, y esperó pacientemente. Él jamás quiso abrir, pero tuvo que acceder. Y así pasó las horas muertas y los días fríos, viendo películas viejas y dejándose engañar por sí mismo con fantasías alocadas con Chloé, la chica de la limpieza, que se movía como un fantasma por las habitaciones, mientras él miraba al infinito punto del horizonte sentado en su butaca, de cara al ventanal del balcón. En aquel infinito punto del horizonte él se levantaba de la butaca, se giraba, agarraba con pasión a Chloé de la cintura y le arrancaba el sedoso vestido que llevaba. Pero luego el áspero sabor del Bourbon le devolvía al sofá. El amor le daba sed, por eso su vaso viajaba de la mesita de madera a sus labios cada pocos segundos. Cada día veía a Chloé moverse por aquella broma que él llamaba casa, tan grácil y sigilosa como una sombra, una de las muchas que surcaban el techo, llegando desde las altas farolas de las calles hasta aquellas bóvedas altas sobre su cabeza que siempre quiso tocar. Él miraba con igual admiración a ambas, a las sombras del techo y a la chica de la limpieza, pues eran su única compañía en su destartalada vida.
Y, entre los suaves vuelos de Chloé, el sonido metódico y acompasado de la lluvia fuera, las noches de insomnio mirando al techo, asombrado por las sombras, y los largos y lentos tragos al Bourbon, comenzó a olvidar él también aquella historia, tan clásica como tantas otras, de esas en las que siempre uno de los dos acaba mal, y del otro sólo encuentran trazadas unas líneas en folios sueltos. Una vez, hasta se atrevió a sonreír a Chloé, cuando le abrió la puerta. Lo que usualmente hacía cuando ella llamaba a la puerta era levantarse de su butaca, arrastrar los pies hasta el marco blanco cenizo, abrir con desgana, y gruñir una palabra entre el "Hola", el "Buenos Días", y el "Pasa", demasiado aterciopelada por la noche en vela con el alcohol y el frío recorriendo su garganta ya casi por instinto. Aquel día en el que le sonrió, sin embargo, había bebido menos, y hasta había llegado a dormir algo. Abrió la puerta como siempre, y cuando sus ojos se encontraron en aquel punto muerto entre el vestíbulo y el rellano, la sonrisa brotó en sus labios como por casualidad. Ella no supo realmente bien que quería decir aquella desvencijada sonrisa, algo cansada y con demasiada poca fe, así que respondió con una media sonrisa rápida, y entró.
Él nunca supo más de Chloé cuando se fue aquella tarde, al acabar de limpiar todas las habitaciones. Tras su sonrisa caída a un precipicio, volvió a su butaca, a su ventana llovida, a mirar por el reflejo de la misma a Chloé, viéndola más guapa que nunca. Sin embargo ella se fue, con un "Au revoir" que sonó casi como un susurro, pero que los días siguientes, en su ausencia, resonaron con un eco inusitado por toda la casa. No volvió más, y él ni siquiera quiso imaginarse qué versión de la historia contaría ella, qué había llegado a pensar. Vencido otra vez, se quedó allí, en la butaca, ahora sin más necesidad que la de tener una botella siempre cercana al vaso, que parecía desangrarse en alcohol cada pocos segundos. Al menos las sombras nocturnas sí volvieron, igual que el polvo y el desorden; igual que la sombra de Chloé, que, si no en la realidad, al menos en su cabeza seguía recorriendo los pasillos en silencio y con un sigilo cuidadoso y calculado.
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miércoles, 12 de septiembre de 2012
sábado, 14 de abril de 2012
Robert Doisneau
"Tanta noche en blanco
Tanta vida en vela
Todos los intentos tirados por tierra
Él espera a que los vientos vuelvan a a hinchar la vela
Deja paso al invierno, espera a que suceda
No hagas más carnicería, y un día será otro día."
La daga hurgaba la herida como si no pasara nada cada vez que él se daba cuenta de que echaba de más la soledad. Las borracheras eran a lo Alatriste: calladamente sentado en un rincón, pensando en mil cosas a la vez, ebrio hasta llorar. Y lo peor de ellas era que eran cada vez más consecutivas.
Las nubes llevaban suspendidas sobre la ciudad días enteros, y no parecían tener ganas de marcharse. El ambiente le llevaba a la melancolía casi obligatoriamente, y casi que no pudo evitar darse paseos alrededor de las habitaciones vacías y descarriadas de la vida normal. Hubo días en los que la nieve cayó lenta y suave sobre la ciudad adormilada, y él se acomodó en la ventana como si fuera un sillón. Los papeles encima de su escritorio, todas las cartas y las invitaciones de boda, se quedaron donde estaban. No hacían falta. No se puede celebrar una boda sin dos, sería muy triste.
El violonchelo aguardaba mudo en el ángulo olvidado de la habitación, mientras los pasos secos y fríos sobre la madera se volvían una rutina. Él no hizo más que esperar a que las cosas se calmaran, que un día se despertase y no se volviera instintivamente al otro lado de la cama para ver si topaba con su presencia. Pero eso no ocurrió. En su defecto, encontró la foto de la boda que no fue. La sonrisa de Amelie, la misma que le esgrimió varias veces. La misma que despareció sin siquiera molestarse en llevarse sus cosas. Ahí estaba.
Tanta vida en vela
Todos los intentos tirados por tierra
Él espera a que los vientos vuelvan a a hinchar la vela
Deja paso al invierno, espera a que suceda
No hagas más carnicería, y un día será otro día."
La daga hurgaba la herida como si no pasara nada cada vez que él se daba cuenta de que echaba de más la soledad. Las borracheras eran a lo Alatriste: calladamente sentado en un rincón, pensando en mil cosas a la vez, ebrio hasta llorar. Y lo peor de ellas era que eran cada vez más consecutivas.
Las nubes llevaban suspendidas sobre la ciudad días enteros, y no parecían tener ganas de marcharse. El ambiente le llevaba a la melancolía casi obligatoriamente, y casi que no pudo evitar darse paseos alrededor de las habitaciones vacías y descarriadas de la vida normal. Hubo días en los que la nieve cayó lenta y suave sobre la ciudad adormilada, y él se acomodó en la ventana como si fuera un sillón. Los papeles encima de su escritorio, todas las cartas y las invitaciones de boda, se quedaron donde estaban. No hacían falta. No se puede celebrar una boda sin dos, sería muy triste.
El violonchelo aguardaba mudo en el ángulo olvidado de la habitación, mientras los pasos secos y fríos sobre la madera se volvían una rutina. Él no hizo más que esperar a que las cosas se calmaran, que un día se despertase y no se volviera instintivamente al otro lado de la cama para ver si topaba con su presencia. Pero eso no ocurrió. En su defecto, encontró la foto de la boda que no fue. La sonrisa de Amelie, la misma que le esgrimió varias veces. La misma que despareció sin siquiera molestarse en llevarse sus cosas. Ahí estaba.
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