sábado, 22 de marzo de 2014

A. Suárez.

Hoy he vuelto a tener ese sueño angustioso en el que no soy capaz de salir de un círculo vicioso de escaleras. Escaleras como las de las entrañas de un feo edificio de hormigón gris y sin amor; escaleras que se expanden hacia abajo y en el infinito sin final aparente, mientras, siempre, a mi derecha, de manera ilógica, rota conmigo un gran ventanal alargado hacia arriba, desde donde vengo y a donde vuelvo, y tras él se dilucida el espectro de la nieve cayendo inexorable en un cielo gris y sucio. Es la misma nieve que se escupió por la tierra el día del entierro de mi padre. El adiós al viejo fue a contraluz, y jamás miré al ataúd, cuyo frío rostro de negra madera de caoba (yo siempre dije que ese tipo de lujos a un muerto están fuera de lugar), fue bastante más condescendiente de lo que fue mi padre en vida (acaso porque fue Don Juan, fue Alighieri y Caravaggio, y no fue ninguno de ellos). No miré siquiera en el último momento, cuando los copos efímeros daban un surrealista aspecto de enorme mariquita negra a la caja; ni cuando la gran mole de tumbas le llevó al anonimato de las cruces de piedra y los pasos rápidos por el miedo a los muertos. Por eso se quedó grabada la imagen de la nieve en mi cabeza, y por eso mi padre me despreció una última vez antes de desaparecer por siempre en el tiempo.

El sueño de las escaleras interminables me perturba. La idea de eternidad me da vértigo, y duermo aterrado cada noche, expectante por si de repente me vuelvo a ver obligado a descender otra vez, maldito y anclado en la historia como Prometeo, sufriendo ser el único ente invariable en su tarea en el lecho de un mundo cambiante y maravilloso. Temo porque cuando llueva no cese nunca, temo porque todas las cosas pierdan el valor de espontáneas, y con ellas se vuele su belleza. Temo porque los versos de Bécquer se vuelvan fríos y monótonos, y el dolor de Beethoven en su música, y su pasión, se pierdan en mi memoria, destinada a olvidar y confundir hechos en el tiempo (cómo olvidar la Revolución Francesa, la boda de mi hija, su eterna desaparición posterior, el desprecio de mi padre; si no es suplantando tales recuerdos por otros).

Mamá siempre dijo que mis sueños son premoniciones. Ahora, lo único que me salva de la locura es este páramo, tan muerto como yo, lleno de árboles secos y grisáceos, y una extensión enorme de hierba verde y mentirosa, como la condescendencia a un niño. Siempre, al despertar empapado en sudor por el esfuerzo de la inacabable carrera onírica, su sola presencia, muda e impersonal al otro lado de la ventana de mi habitación, me recuerda brevemente que sigo vivo, por algún extraño azar que no acabo de comprender.

Mamá siempre amó este lugar.

Mamá (también) estaba enferma.

Mamá rehuyó vivir en el piso de arriba cuando su enfermedad comenzó a arrebatárnosla. Decía temer subir las escaleras y no lograr llegar jamás arriba. Sentía auténtico terror.


Mamá también murió, pero aquel día no nevaba. Quizás mi sueño sea la síntesis de ambos, padre y madre, unos recuerdos que tienen que disfrazarse porque no quieren desaparecer. Mi memoria me ha traicionado. Ahora tiene nombre alemán. Mis recuerdos intentan salvarme, y salvarse, pero es completamente estéril cualquier esfuerzo. 

Cada mañana despierto empapado en sudor, y cada mañana me asomo a una ventana por instinto. Cada mañana me cuesta más reconocer esta, mi tierra natal. Al hombre se le arrebatan todas sus cosas amadas esta vida. A cambio, queda el insondable olvido y un abandono cruel. La vida de un hombre es insignificante, si no queda un recuerdo vivo de él. Espero que alguien guarde los míos, que pierdo como si se me cayesen de los bolsillos. 

viernes, 31 de enero de 2014

Sólo tinta estática.

Verónica podría haber sido cualquier cosa sin llegar a ser nada en absoluto, un mero nombre, una sombra en la imaginación desdichada, una mentira que pudiera haber parecido alguna vez alguien de verdad. Verónica era la venganza sobre el tiempo, muy probablemente. Pero jamás tuvo alguna consistencia más allá del vapor de su figura por los pasillos, los pasillos de su mente, de la que era dueña y señora. Aunque lo negara, era el mismo hecho de que fuera el fantasma de las nieblas de su cabeza lo que le daba miedo, y lo que le prohibía desatarla y dejarla ser. Si la hubiera liberado, se habría materializado con cualquier forma frente a él, y le habría derrotado (otra vez).


Por eso, Verónica tenía tan sólo una sonrisa como un susurro, y unas connotaciones demasiado frágiles como para escribir sobre ella. Era todo aquello que no había perdonado nunca, porque nunca había tenido que hacerlo; porque los espejos siempre le devolvían una mirada más vieja que la suya y le mentían sobre quién era. Verónica se apoderó mucho y muy seguido de sus cabales, y siempre acabó tendido sin aliento. Verónica era el mal, su mal, pero algo tan necesario como su oxígeno.Quizás el hombre que fue sí podría haber vencido a aquel fantasma, pero en los delirios de sus sueños ella era invencible, porque estaba hecha en su carne, y no podría morir nunca por el tiempo, porque el tiempo era algo tan insustancial para a ambos que lo tomaban tan sólo como un incómodo y molesto encuentro de vez en cuando al mirar a los días que volaban.

Ella era sus mediodías y sus medias de lencería fina cuando se descuidaba, y había tenido la enorme desgracia de llamarse el único nombre que él adoraba escribir con su caligrafía pulcra y cursiva. Ella era el sonido que se quedaba flotando para siempre en el eco del universo cada vez que escuchaba aquel apelativo. Ella era su tormento aceptado voluntariamente, y sabía que acabaría devorándolo, como ocurre con las verdaderas pasiones. Y lo peor es que ella misma le perseguía, en silencio y desde la confianza del olvido, desde lo más profundo de su odio inmaterial (porque Verónica pesaba como el aire, y no podía desarrollar un odio tan poderoso). Sus piernas interminables le guiñaban un ojo cada vez que él se paraba a observarla, con la mirada partida entre el amor y el terror, como cuando miraba la exótica y terrible belleza de un Delacroix. Era ella siempre la que le besaba los labios con una dulzura y un frío antagónicos, y la que vivía unos segundos en sus lágrimas desordenadas de los días tristes de sus meses. Sin saberlo, él amaba a Verónica tanto como la temía. Y más de una vez quiso ser él quien la persiguiera a ella, y perderse ambos para siempre y olvidarse de la física y del mundo. O mejor, dejar que fuera ella la que le derrotase de una vez por todas.


Pero como Verónica  nunca tuvo unas connotaciones lo suficientemente fuertes, se quedó sin esta historia.



jueves, 23 de enero de 2014

Gris (cuento corto)

El corazón se detuvo con un golpe seco. Nana cesó en su retahíla de palabras, quedándose la última muerta en sus labios mientras su marido caía de espaldas. Su enorme cuerpo, ancho por la herencia de unos huesos grandes y una vejez desmesurada y alimentada por una riqueza inigualable, levantó los muebles del salón al caer. Adriana se quedó muy quieta, observando cómo los últimos resquicios de vida de su padre se ahogaban entre insultos que bloquearon su garganta, y un reflejo involuntario de su brazo izquierdo. El corrupto corazón de Ovidio se llevó al legendario contrabandista en una especie de suicidio subconsciente ante su intento de atentar contra lo único bello que quedaba en su vida. Ovidio no lo sabía, pero aborrecía la inmensa fortuna que había hecho con el dolor y el sufrimiento ajeno, como todas las fortunas del mundo, y tan sólo amaba realmente a su mujer y a su hija. Aún recordaba cuándo vio por primera vez a Nana: él era apenas un delincuente de poca monta que acababa de hacerse un hueco entre los míticos Amadises y demás contrabandistas de diamantes, aquellos que al sonreír hacían temblar a los dioses, y eran bellos y altivos, pero terribles y crueles (quizás por eso tenían miedo los dioses, porque su divinidad no estaba tan lejos de los hombres). Cuando aquel joven Ovidio vio a Nana por primera vez, fue en Ginebra. Venía de hacer un trabajo sucio para algún Napoleón o Augusto, y desde que vio a aquella mujer de tez blanca y ojos azules, bisnieta de reyes, se juró a sí mismo secuestrarla y llevársela a su tierra, para ganar prestigio a los ojos de las infernales deidades de los contrabandistas, y terror a los de los hombres. Aquella misma noche, Nana dijo adiós llorando en silencio a las altas cumbres, a los ricos embajadores babilonios y a los cultos príncipes europeos, y a los finos salones, y al mundo civilizado en general. Era por eso que Adriana creció a la sombra de la ignorancia y el amparo de la calamidad, en el refugio y condena de la mentira, y la maldición de una madre arrebatada de su vida y arrojada a la penuria de un clima y un país salvaje y hostil; una madre que jamás la consideró su hija, por haber sido fruto de la desgracia, y un error, y por eso, Nana jamás se permitió a sí misma quedarse embarazada otra vez.

Sin embargo, Ovidio sí que amó a su hija, a su manera tosca e insensible, pero la amó. Recordaba el tacto suave de los rizos cuando la acariciaba con una mano,  mientras recontaba con la otra  los cientos de miles de botecitos que guardaba en una biblioteca, catalogados por procedencia, densidad y calidad (todo en ese orden). Podía recordar el olor y el tacto del cabello de su hija, pero no los 412317 diferentes precios. Quizás se había equivocado, y había vivido, y muerto, equivocado. Quizás aquello fuera lo último que pensó cuando la vida voló de él, y un “perdón” en chabacano, terriblemente humano y universal, dirigido a todos y a todo, se deslizó con su último suspiro entre los labios ya purpúreos.

Hubo en el salón un silencio profundo, que acunó el crepúsculo y la caída del sol, que fue como la llegada al infierno de Ovidio, y que tan sólo se rompió por el crujir de los leños en el fuego y por el ulular del viento fuera. Quizás fue aquel viento, que auguraba desgracias, y que siempre hizo recelar a Ovidio (y que desde entonces estuvo maldito por su familia), fue el que avisara de la muerte del señor a los criados. Con varios golpes en la puerta, clamaban su libertad ahora que el tirano había muerto, y ya no había nada que les atase a aquella colina, y a aquella maldita mansión, ni a rendir pleitesía como a dioses a aquella familia de locos. Nana, al oír todos estos gritos en lengua guajira, bajó con una gran compostura y dignidad, la que le otorgaba su ascendencia de emperadores y reyes de campesinos y pobres, y abrió las dos enormes puertas de madera, gemelas a las del Baptisterio de Florencia, de par en par. La figura de Nana se hizo entonces imponente y majestuosa, como una deidad poderosa de aquellos paganos, o como una triunfal virgen para María, la única indígena cristiana de todo el valle, y todos callaron de golpe y volvieron a sus chozas en el enorme jardín intratable, lleno de malas hierbas, y hiedra, y algunas flores tropicales que habían ido invadiendo parte del ala este desde la cercana jungla al pie de la colina.

Y desde aquel momento, comenzó el reinado de Nana


martes, 7 de enero de 2014

Invierno (cuento corto)

Ninguna perfección llegó a escapar de aquel invierno que se hizo horripilante y tan largo como cortas las palabras, y así todas las flores se helaron o se pudrieron en un bello y aterrador espectáculo de colores muertos. Adriana ni siquiera intentó huir de él, sino que se dejó mecer por aquella maldita magia de braseros encendidos y conversaciones que se apagaban con sus pretéritos padres, tan absortos en el exuberante pasado de gloria y vicios exóticos, que no se daban cuenta de que estaban poco a poco más cerca de la muerte. Cada día le costaba más hablar francés; y su imperial nombre se volvió un susurro cálido, y ya tan sólo de vez en cuando, entre los dorados reflejos del pasillo de oro, cuando las lágrimas de lluvia arañaban fuerte los cristales y jugaban a desconcentrarla. En aquel pueblo nunca nevaba, sólo llovía, con una malvada intensidad que parecía querer recordar algo inexistente en aquella villa de nieblas y secretos tan obvios como el odio que se profesaban todas y cada una de las familias. Adriana nunca lo entendió, y como la Cándida Eréndida, se encargaba todas las mañanas de sacar brillo al pasado, desempolvando el susodicho pasillo de oro, lavando la cubertería de Amberes, limpiando las alfombras de Babilonia y alimentando a los dos gatos persas que eran dueños y señores del ala derecha de la faraónica casa donde había ido a morir Ovidio el Viejo, el legendario contrabandista de lágrimas de vírgenes. Cada una de las doce chimeneas ciegas que punteaban el tejado eran viva muestra de la excentricidad del vejestorio que maldecía todo en silencio desde la amnesia del brasero; al igual que el enorme jardín trasero que jamás había albergado más que malas hierbas y hiedra; o los correspondientes doce salones de las doce chimeneas; o los muebles de caoba africana y pino noruego; o los manteles bordados de Bohemia; o incluso los catorce criados negros que hablaban cada uno una lengua diferente, y todos el español, porque eran de Sudamérica. Adriana, aunque era  la señorita de la casa, siempre se había llevado bien con ellos desde que les conoció, pese a los discursos racistas de su padre en la cena (cuando todavía podía cenar en el comedor, y hablar con un mínimo de voz y coherencia); y realmente se identificaba con aquellas sombras silenciosas y dolientes. Los criados trabajan tan sólo limpiando la casa por fuera, porque Ovidio jamás les dejó entrar, e incluso llegó a cederles con esfuerzo y asco unos pequeños cobertizos en el monumental jardín; mientras que lo que hacía Adriana era ocuparse sin ningún tipo de pago de todo el delirio interior.
Así se gastaron los días grises, cuando el cielo era una enorme masa de cenizas mojadas que amenazaban con desplomarse al instante sobre el pueblo y sobre todo. En el momento en que los días terminaron de gastarse en su exacto calendario irónico, Adriana supo que habría de llegar el fin, y por primera vez en mucho tiempo oyó a su madre suspirar algo en francés, y luego ahogarse en un torrente de lengua guajira que nunca había hablado en presencia de su marido. Su madre era natural de los Alpes franceses, y desde que había llegado a su prisión, millas ultramar de sus nevadas colinas y elevadas cumbres, jamás podría haber conocido tal lengua; porque únicamente  había conocido de la población local la lengua de los lamentos, la pobreza, el hambre, el calor, los mosquitos, la malaria verde y la plaga de insectos que acabaron con las kilométricas plantaciones de algodón grisáceo.  
Esas plantaciones siempre habían sido un espejo del cielo, y así, cuando un día el sol rompió el bíblico cerco de nubes plomizas, trajo consigo el castigo para la soberbia de los señores, que alguna vez creyeron ser más poderosos que Dios, y por eso nunca fueron a la Iglesia. Las nubes dejaron paso a un astro abrasador, y a otras nubes de mangostas y demás malévolos devoradores de cosechas, que en una dantesca escena hicieron desaparecer al algodón para siempre. Algunas motas grises, como lágrimas petrificadas, volaban, efímeras supervivientes, exhalando sus últimos suspiros. Un par de ellas se enredaron en las sedas de la litera romana donde viajaba Nana, la madre de Adriana, prisionera convaleciente, portada por cuatro fuertes esclavos de Ovidio, que marchaba delante, riéndose a carcajadas de la desdicha de los señores. Veía sus miradas aterrorizadas por la fortuna perdida, y él sentía regocijo, porque la fuente de su objeto de contrabando era ilimitada y atada eternamente a la existencia humana: el sufrimiento y el amor roto de las vírgenes. Así, Ovidio se hizo el personaje más importante en el Valle, amasando una enorme fortuna arrancada noche tras noche a todas las jóvenes del mundo. Los ricos magnates de los países desarrollados pagaban locuras por un frasco de lo que para ellos era un vigorizante y poderoso afrodisíaco. Ovidio también se jactaba de ello mientras embestía una y otra vez, noche tras noche, a su mujer francesa, con la misma delicadeza que a cada una de todas las mujercitas que llenaban sus frascos. De tal manera, su mujer vivió como una reina prisionera en la gigantesca mansión que se levantó en un año y que duraría ciento un años más.
Adriana notó perfectamente cómo la respiración pesada y enferma de su padre se detuvo de golpe, perdiéndose en el cargado aire del barroco salón. Ovidio se quedó quieto y tenso. Sus ancestros más profundos rechazaron aquella lengua de maldiciones y penas, y de jungla y de choza; la misma lengua materna que llevaban cosida a su tez morena y a sus acentos en las enes. Aquel rechazo irracional tenía su base en el miedo, y en la ignorancia, y en los miles de libros callados que Ovidio, y su padre, y su abuelo Tarquino, y ningún rico de aquel lugar habían leído jamás; y en la estúpida moda que habían traído los ingleses de hablar en su lengua sistemática y fría. Pero los ingleses murieron todos por las enfermedades de la jungla, su peor enemigo, mucho antes de que naciese Ovidio, y por eso no todos olvidaron la lengua guajira, que se convertiría en el eco callado y creciente de todo el litoral. Era por aquel gen callado y oculto que resistió al adoctrinamiento que Ovidio a veces, y la mayoría de ellas ahora que estaba viejo y que comenzaba a evaporarse en el mundo, se oía a sí mismo suspirando un par de palabras chabacanas, como él las llamaba; y entonces se quemaba las manos con un cigarro, su fiel compañero desde que descubriera el tabaco allá por su juventud, en las lejanas plantaciones de Macao. Por eso sus manos estaban vendadas desde hacía meses, porque aquel invierno amenazaba con borrarle de la faz de la tierra, y su chabacano resbalaba con una frecuencia inusitada, y las llagas y úlceras de sus manos no era, como él gruñía, mintiendo sin fe, por culpa de los cocodrilos (los únicos que había estaban en la jungla, o en sus recuerdos de los días de contrabando en Florida, cuando aún el americano no había edificado sobre sus ciénagas de chamanes y vudúes).

Y también por eso, cuando Nana comenzó a hablar en aquella lengua prohibida, en Ovidio creció una ira incontenible, y, por primera vez en muchos años, se levantó sin ayuda del sofá, crujiendo a la par huesos y mueble, y se abalanzó a por su mujer con una velocidad indecible y una determinación wagneriana.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Cuento corto: Plata

Dalia se incorporó sin pereza sobre la gigantesca duna de cenizas de plata, voluble y tan brillante como cuando era candelabros y lámparas, y vajilla de Amberes, y oteó el sol sin demasiada desesperación. Entraba claro y radiante, entre la nube de humo negro que flotaba en torno a la silueta de la desaparecida casa, de la cual quedaba el carbonizado espectro rectangular, enorme y mitológico, en el centro exacto de ninguna parte.

De las desmedidas columnas corintias que soportaron las cúpulas imposibles, quedaban sólo los huecos entre las plantas carnívoras y los geranios que las habían rodeado con el paso de los años y años de abandono silencioso. Los asfixiantes vegetales, por el contrario, no habían sufrido el fuego, porque eran obra de la naturaleza; como las petunias del ala este; o la propia Dalia. Ahora todas ellas se dejaban mecer al unísono y sin pretenderlo por el viento, que, cruel y sádico, no paraba de dar vueltas alrededor de aquella colina encantada, según dijo en vida su abuela, para levantar las cenizas de todo lo que ya no le quedaba y llevárselas a algún lugar incierto y lejano, un viento que siempre había estado maldecido por la familia y que al final se había tomado su venganza.

Ni tan siquiera el fantasma de su abuela tenía nada más que aquella infinita pila de polvo y pavesas frías, y un montón de recuerdos ciegos y antiguos, atados a las raíces de la casa desde que se construyó, ciento dos años atrás. Aquel espectro de la enorme mujer se quedó muy de pie, más viva que su propia nieta, muda, silenciosa testigo y protagonista de su insólita desgracia. Con un gesto de reprobación, lloró de impotencia unas cuantas lágrimas invisibles, lamentando con los ojos el destino irremediable de su gloria pasada. Ella, que había sido el amor inalcanzable e inspiración de Gauguin, amante de césares y augustos, la mujer más deseada por los hombres y más aborrecida por las mujeres de todo el Caribe; ella, que había superado incluso a la muerte con el fin de preservar intacta toda su herencia, se despertaba sumida en la más absoluta de las miserias. Pero su condición de no-viva no era ningún impedimento para dejarse ser desvalijada por un detestable viento que ahora arremetía contra el único tesoro que aún se levantaba un palmo sobre el suelo denso de cenizas frías: las flores, regalo directo de cualquier sultán, que ella misma había plantado bajo la atenta mirada del cornudo de su marido, la excusa andante y  perfecta que avivó hasta su muerte la llama del amor infiel y satisfactorio.

 Las quiméricas flores ahora pugnaban por no ser arrancadas por aquel soplo matutino, mientras Dalia seguía inmersa en descifrar su propia mirada perdida. Desde la temprana muerte de sus padres por tifus y la tutela (casi regencia), de su abuela, había desarrollado hasta puntos inadmisibles el don natural de la clarividencia, su guía instintiva más fiable. Había previsto absolutamente todo, como el actual intento de su abuela para que el viento no se llevase las flores, que, con un sonido de pompa, brotaban de la tierra, con las raíces incluidas, y se quedaban estancadas en aquella corriente gris de aire malvado. De hecho, oía a sus espaldas los manotazos estériles luchando contra el remolino, e incluso un resuello marcado y pesaroso. En un principio quiso girarse y abrazar al único familiar que le quedaba. Pero luego se acordó de que también había previsto eso, y se dedicaba a prever más.

Su abuela, una vez el viento arrancó la última flor, se evaporó para siempre en el olvido, siendo tragada por la misma brisa que peleaba. Se despidió llorando de rabia y disgusto, igual que cuando murió por primera vez, herida de muerte por la avaricia que la había llevado a ansiar todo el oro del mundo, y que también la había llevado al paredón en la Gran Revolución. Ahora su tumba, cicatriz inexistente bajo todo lo que habían amasado sus glotonas manos en vida, quedaba poblada tan sólo por un montón de huesos sin significado, embutidos en un ataúd de mármol de Grecia, demasiado pequeño para aquel esqueleto de dinosaurio humano.

 Dalia también había vaticinado esto, y no se giró para despedirse de las lágrimas de ceniza en el viento que dejó su abuela. Tan sólo se quedó allí sentada, como lo había estado toda su vida, en silencio, como lo había estado desde que naciera. Todo aquel tiempo jamás lloró, ni siquiera de bebé, o se intentó comunicar; porque siempre supo lo que acabaría ocurriendo, de una manera o de otra, siempre supo que era el destino irremediable el que gobernaba el mundo con sus hilos invisibles. Todos los doctores, psicólogos y chamanes de pago la habían diagnosticado como a una retrasada, con el mayor de los respetos que infundían los cuartos que llenaban sus bolsillos tras sesiones y sesiones inútiles. Pero ella, y tan sólo el viejo mayordomo guajiro de la familia, sabían la verdad: Dalia preveía el futuro, y por eso no hablaba. Aquella maldición la dejó para siempre como un mueble más de los miles de aquella enorme mansión colonial, tal y como quedaba ahora.

Y así, Dalia se mantuvo muy quieta, sentada, prediciendo y prediciendo el mismo mundo que se creaba a sus ojos, viviendo sin pasado ni futuro, sin recuerdos ni sentimientos, tan sólo viviendo un presente que reconocía al instante cada vez que parpadeaba, recordando algo que surgía al momento frente a sus ojos. Durante años y años, hasta que murió, y los nativos de alrededor le hicieron una estatua a la orilla de la enorme masa de cenizas de plata solidificada, como si fuera un mar triste y seco. 


jueves, 3 de octubre de 2013

Chloé (la sombra)

Alguna vez los días de lluvia se llevaron entre gota y gota el mínimo rastro de sonrisa. Esos días, las sombras malditas de su piso (o quizás él era el huésped en un piso de sombras), se daban cuenta perfectamente y le daban un pequeño respiro. La inmensidad desoladora de la ciudad se llevaba su perspectiva mojada sobre los tejados que se extendían en el infinito, en espacio y tiempo. Se sentía entonces encerrado pacientemente en un gris pesado e incómodo, alejado incluso de su triste reflejo en la ventana, desfigurado por los miles de pequeños microespejos que caían del cielo con una constancia arrebatadora. Además, en aquella ciudad siempre llovía por horas, horas ociosas para las sombras malditas, que jugaban a esconderse de las pocas luces que iluminaban un piso de propietario indefinido. Era en aquellos días donde intentaba recuperar el verso perdido de Neruda, sin darse cuenta de que la respuesta estaba justo frente a él, deslizándose por la superficie de su ventana, que era como una barrera de seguridad entre su soledad incólume y el mundo calado que intentaba apartar aquellas nubes pesadas de su frente.

Todos los posibles recuerdos estaban enterrados bajo años de aprender a sobrevivir sin ellos, y aún así le seguían doliendo, como cicatrices evaporadas. Era por eso que los días feos, como él los llamaba, decidía quedase colgado de aquella ventana, que era como una salvación, un salto al vacío para no ver lo que conllevaba lo lleno. Los libros le mordían las manos, y Márquez, o Darío, se convertían en sus confesores y verdugos, y de ninguna manera se atrevía a escuchar música. Así, sus sombras danzaban sobre su cabeza, en las altas bóvedas del salón por el que alguna vez se deslizó Chloé, sin hacer ruido, tal y como ahora. El rastro de su aura quedó atrapado en aquella atmósfera dorada, digna de algún cuadro de Velázquez, y su rastro era un camino de perdición para él, que lo seguía cada mañana, acariciando las paredes que contenían para toda la eternidad lo único que quedaba de ella: la silueta silenciosa. Cierto día, se dio cuenta de que aquello era una sombra, y un recuerdo, y volvió a caer en la desidia de los días de luvia.

lunes, 9 de septiembre de 2013

El mordisco. (el invierno)

El trazo de sus dedos en el aire indicaba inequívocamente una presencia de ánimo apesadumbrada. Se sorprendió más de una vez mirando al infinito sin ningún tipo de reparo o discreción, una mirada que parecía devorar los kilómetros y que consumía a cambio la luz del sol. Por eso había dejado todo atado y bien atado, para no tener ningún tipo de excusa que le rogase volver. Desterró también de su repertorio a Debussy, a Chopin, y a cualquier otro piano francés que pudiera sangrar en su cuarto los días de lluvia, resbalando por las paredes e inundando su alma. Muy a su pesar, dejó de lado también la asistencia al vuelo planeado de sus ideas al atardecer. Como quien se aferrase a una estrella suicida, erraba perdido, pero al menos entero. París, gentilmente, le había entregado un invierno frío y seco, que hacía las veces de verdugo y escultor, cincelando la ciudad a su antojo de sádico, congelando el Senna y congelando las ávidas manos de Áureo cuando se quedaba admirando la precisión barroca con la que la Torre Eiffel simulaba balancearse, queriendo imitar a los árboles. Pese a todo, Áureo sabía que se mentía a sí mismo, delatado en el brillo de su mirada. Sabía que escuchaba a Debussy y a Chopin casualmente en los mismos cafés todos los días, que en realidad odiaba el frío, que añoraba ver volar a sus ideas dibujando círculos en el techo, y que no miraba al infinito, sino donde realmente deseaba estar: siempre al oeste al anochecer, siempre al este al amanecer. Áureo necesitaba el sol, y con él volver a coincidir con su sombra, que no era sino un molesto extraño que daba tumbos sin encajar un sólo momento con él.

jueves, 25 de julio de 2013

(extracto)

Una risa corrosiva soltada entre dientes, carcomidos a su vez por una enfermedad cuyo nombre ignoraba, le recibió como una pesada capa gris en aquel antro, gris ya de por sí. Caminó un par de pasos más en lo que él sabía de sobra que era una oscuridad insondable, y se dejó mecer por aquella risa cuya causa debía ser vomitiva, pero que llegaba a sus oídos como dedos de plata. Ebrio de sobriedad, le faltó tiempo de amarrarse al triste madero que hacía de barra. La risa continuaba resonando, entrecortada por algún azaroso ataque cancerígeno de tos, producido por uno de cualquiera de los miles de cigarros consumidos en aquel asfixiante ambiente. La cargada atmósfera le envolvió como una deliciosa maraña oscura que se deslizaba esquivando las escasas tres bombillas, que chupaban luz casi desesperadamente. Miró un par de veces a los lados, y tan sólo vio un par de pobres diablos sin rostro apoyados en cualquier lugar de la barra, aferrados a su mísero vaso como a una tabla de salvación, con las cabezas gachas y bebiendo en perfecta armonía cada tres segundos, como temiendo que su vaso se desangrase en alcohol. Pidió con un gruñido que quizás fue comprensible al camarero gordo y de mirada podrida, y bebió. Alguna puñalada hubo de verter, pero el resto dieron de lleno. En un tiempo que no acabó de concretar, en un espacio en el que no había ninguna señal de referencia más que él mismo y su vaso, acabó por perderse.

Se evaporó, casi fundiéndose con la atmósfera.

Perdió por primera vez en varios días el peso que le castigaba los hombros y al espalda, y llegó a creerse libre de él.

Tan sólo sentía tímidamente el tacto rugoso del olor cuando subía el vaso, la cordialidad del líquido, y la quemazón breve en la garganta.

Llegó un momento en el que no sabía si estaba durmiendo, o muerto, o tan sólo si seguía en aquel antro de los suburbios.

Luego, cuando fue a beber la siguiente vez, notó tan sólo el tacto frío del vaso vacío y el olor burlón del licor volado. Dejó el vaso en la barra, y cuando sus dedos soltaron el abrazo de hierro, el peso, y su conciencia de ser, y la incómoda sensación de soledad le asaltaron, haciéndole tambalearse un segundo tras aquella repentina vuelta a la realidad.

Escuchó la risa corrosiva muy cerca, y una voz ajada y amarillenta que le dijo a un paso:

-Vamos, le ayudaré a sentarse.

Un brazo le agarró del hombro, y se sentó en una broma de mesa con el hombre de la voz  ajada y la risa corrosiva. Le volvió a decir:

-El tiempo devora tiempo.

No hubo más conversación. El resto fue un continuo flotar en la oscuridad del bar, lidiando con un entumecimiento mortal de todo el cuerpo, pero con la soledad, el peso y su conciencia bien cosida a su espalda. Tras un impreciso tiempo, el pestañeo se le hizo regular y la boca comenzó a saberle seca. Su compañero no estaba a su lado, y su reloj le recordó de manera insolente toda la prisa. El tiempo había vuelto a devorar tiempo. Se ajustó el valor y el abrigo, y abandonó casi guiado por instinto aquel antro.

miércoles, 29 de mayo de 2013

(1)

Aquella noche intentó dibujar a alguna de las mujeres, de sus mujeres; aquellas que le quitaban el sueño y se vestían de palabras que él sacaba a duras penas de un tintero, cada vez más y más vacío. Y otra vez sólo encontró el reposo mecedor de lado a lado del vacío de su memoria. Acaso pudo rescatar breves bocetos: los ojos de una, el color de las mejillas de otra cuando nevaba, la sonora risa nerviosa de la chica de las pecas. Nunca llegó a configurar un rostro de esos que arrastraron a cualquiera al abismo de la soledad consentida. Cuando parecía haber conseguido recordar el suave tacto del pelo de detrás de la oreja de una, la sonrisa de las pupilas de otra le arrebataba de los dedos el gesto. Abrió los ojos, enfadado, con una mueca estúpida en la boca, de la cual colgaba un beso al aire, y no supo cómo llamar a eso.

El amor por la chica del vestido rojo, fue la mejor opción que obtuvo después de un rato cavilando al borde de la aguja corta del reloj.

Cuando recuperó del infinito su mirada por enésima vez, la clavó en el din A-3 que estaba extendido perezosamente como una sábana sobre su mesa. Algunos toques de color dispersos, estúpidos, desordenados, al azar, irritantes. No tenía nada, otra vez. Luego de un rato maldiciendo aquella cruel broma del destino sobre el papel, estaba dispuesto a quemarlo, como tantos otros, otra vez.

La  témpera estaba aún fresca. Olía demasiado. Primero suspiró por su decadente memoria de viejo, que le hacía perderlas gota a gota a cada una. Luego volvió a respirar melancólico aquel familiar aroma de témperas. Y otra vez. No era la témpera. Él olía tan sólo un perfume, une ètrange parfum français que no sabía de cuál de ellas era. Las imaginó a todas bailando en el Moulin de la Galette, como quizás ya hizo Renoir, pero ninguna de ellas podría haber siquiera olido así. En la  perfección que era el hecho de recordarlas incompletas, él sabía que no era suyo aquel perfume. Se le clavaba en la garganta cuanto más cerraba los ojos y aspiraba bien hacia dentro.

Las repasó una a una, y ninguna consiguió olerle así. Quizás es que no era ninguna de sus mujeres, las de los papeles, las escritas, las que no eran, las que fueron, y serían cada vez que leyera sus historias pintarrajeadas con tinta y bourbon. Quizás fue aquella, la de verdad.

miércoles, 20 de marzo de 2013

El rojo silencioso y eterno de sus labios.

La primera norma era no preguntar. La segunda era no responder. Con esta tesitura cualquier intento de conocer más allá de la torpe y nerviosa simpatía tras los dos besos reglamentarios resultaba casi inútil. Aquella sensación de vacío oral se difuminaba tras los modales y gestos caballerosos: él siempre las dejaba pasar primero, las acomodaba en la silla, les reía los chistes con una risa calculada para que no sonase exagerada ni sarcástica; y aquellos eran los modales de su padre, el eterno caballero que le enseñó bastante poco en general, pero cuyos escuetos consejos tenía aprendidos mejor que sus estúpidos estudios de Derecho. Normalmente tenía siempre un par de frases preparadas para evitar los silencios incómodos entre los entremeses y los primeros platos, e incluso la tercera e inevitable norma de evitar las carnes asadas por su tardanza excesiva. Siempre controlaba el tiempo de su reloj de muñeca sin dejar de apuntar mentalmente con una precisión pulida el lenguaje corporal de su futura amante; como tampoco evitaba las mentiras que ellas escuchaban con una sonrisa de agrado y satisfacción. Solía canturrear entre dientes la melodía del piano del restaurante,  que le había costado unos cuantos billetes, como también invitaba siempre a un traguito de un Oporto caro después de los postres. Tras eso, el viaje en coche y los modales y modestias estúpidas y fingidas quedaban superados a medida que se acercaban a su casa.

Una casa que conoció muchos tacones y gemidos distintos; y muchos sonidos de vestidos que caían al suelo,  y muchas medias que volaban siempre hacia abajo.

Sin embargo, hubo un otoño que llovió más que de costumbre, y una de aquellas amantes casuales pagadas que revolvió sus esquemas.

Llegó desafiante, y hermosa, y se mostró fría en el saludo. Aquel "Hola" seco que apenas se mojó entre el trayecto del coche al porche, y con un sutil acento del este de Europa le hizo esbozar una sonrisa complacida, el primer triunfo de aquella mujer esa noche. Los modales caballerosos parecieron no impresionar aquella mirada intrigada y experta, y por vez primera, él se sintió el analizado. Hubo más silencios que de costumbre, pero no incómodos, sino disfrutados. Él no pudo evitar resistirse al rojo tímido de sus labios, casi silencioso, que atraía sus ojos magnéticamente, y hacía que sus palabras fuesen lentas y trabadas.

Ella pidió carne asada.
Ella le rió los chistes secamente.
Ella le mintió, y fue él quien fingió creer.
Ella fue quien propuso un licor fuerte tras los postres.


"La cita se ha acabado", dijo al cruzar las puertas del restaurante. "Déjame invitarte a una copa", dijo él, sorprendido, a la vez que sufría una especie de vértigo. Ella se acercó, le besó el cuello de la camisa, y le cobró igual por las dos horas de la cena.

Y así el rojo silencioso de sus labios se hizo eterno en el cuello de su camisa, discreto pero inevitable.
Nunca volvió a verla, ni volvió a llevar a cabo su rutinaria cena de los sábados.

jueves, 28 de febrero de 2013

Lionman

Nunca había sabido escribir una carta de amor. La falta de costumbre se mezclaba peligrosamente con la falta de voluntad, fundiéndose en un abrazo que le encogía el alma. Cierto es que no había a quién mandarla, pero se dio cuenta de ello un día cualquiera, en un momento cualquiera, cayó en la cuenta de repente; y fue como verse al instante al borde de un abismo profundo y rocoso. Le entró el vértigo y el pánico, y tuvo que hacer equilibrio para no caer hacia delante.

Cierto era también que ya no se escribían esas cartas.

Dudaba incluso de si había cartero.

Intentó reunir el valor y las ganas para sentarse a ese enemigo con cuerpo de papel, un folio en blanco que se le hizo de denso y profundo, de interminable, como su abismo, y tuvo que darle un par de tragos al matarratas de su vaso para poder siquiera sentarse correctamente. Lo cierto es que, tras un tiempo que ni los relojes parecieron poder calcular, le dio dos sorbos callados con la pluma al tintero, una pluma que se movió sobre el papel, arañando palabras de hierro, pesadas y ciertas, pero que se emborronaban con cada nueva curva. Tiró la pluma.

Cierto era que sabía exactamente quién era el receptor.

Pero seguía dudando de si había cartero.

Al final la historia de la carta acabó donde tantas otras, abandonadas en una habitación cercana al tenebrismo de Caravaggio. Acabó en nada. Algo le decía que era un mentiroso, incluso consigo mismo. Le pareció incluso ver llegar al cartero en moto.

Cierto es.
Pero dudaba de si era verdad o no, así que acabó olvidando aquel problema a base del matarratas de su vaso.


lunes, 11 de febrero de 2013

7 am


 Café frío.

Y quizás demasiadas preguntas por responder.  Preguntas que se hacían pesadas mientras volvía a canturrear aquella estúpida melodía. ¿Quién se la había enseñado? Otra más a sumar a la lista.

Café frío, y demasiadas preguntas.

Y una niebla que no invitaba demasiado a salir. Y una estufa demasiado cerca de sus manos heladas, y el calor que actuaba como pegamento.

Una niebla que parecía no querer abandonar la silueta de la ciudad.

Y unas ganas exasperantes por su ausencia. Ganas de volver a llamarla. Pero el móvil quemaba, y le temblaban los dedos, y se le descomponía el estómago.

Y sonrisas. Sonrisas peligrosas cuando se atrevía (y se permitía ) recordar. Sonrisas inesperadas que le sorprendían, y le hacían abrir mucho los ojos.

Pero también faltas. Y ojeras de las noches que más le costó  dormir, con algún pelotazo en el cuerpo de más.

Y falta de café, entonces.

Y una niebla sorda y espesa en toda su vida, entonces.

Y una falta de ganas de todo alarmantes, entonces.

Pero, igual que ahora, demasiadas preguntas sin responder.

Y, al igual que la niebla, no parecía querer despejarse la duda.

Con más inercia que intención, se apoyó sobre la encimera de la cocina, con cuidado de no mancharse con el café. Estuvo un rato escuchando la radio, sin prestar demasiada atención a lo que eran impactantes y frescas noticias. Todos los días moría alguien. Todos los días había más casas vacías y más mendigos apilados en los callejones. Era cuestión de cambiar nombres y escuchar diferentes excusas, o soluciones lejanas y dilatadas en el tiempo. Ella podría haber intentado haber hecho eso. Ahora él podía solo imaginarlas. Se terminó el café, apretando los ojos por el desagrado del frío, y se fue.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Diario incendiario nº1 (Amélie, el loco)


Aún tardo en recordar la extraña razón que te ataba a mí. No sé. Amor no llegó a ser nunca, y también asumo que jamás hice nada extraordinario para conquistarte, algo raro en mí. Y, por favor, eso de conveniencia es tan absurdo como mis muecas intentando sacarte una sonrisa fría y desganada.

En serio, tardo mucho en recordar la estúpida ley física que hacía que te acurrucaras junto a mí cuando hacía frío; o aquella broma de beso que te regalé una vez. No alcanzo a traer de nuevo los versos consonantes que te hicieran abrazarme más fuerte. Y me extraña, porque juraría tener buena memoria. Ahora sólo quedan libros vacíos y espacios tan grandes como el descarado abismo que hay en el colchón.

Tardo tanto en intentar recordar, que llego a plantearme por qué lo hago. Me aferro con dedos frágiles a lo que se podría llamar impotencia, a lo que podría ser una serena aceptación de lo que toca, incluso a la imaginación. Normalmente, a eso y al alcohol. No sé qué es lo que va primero siempre. Y, como ya hicieras tú el momento exacto justo antes de irte, no sé responder a mis preguntas.

El caso es que la ironía se teje y me juega una mala pasada; y acabo componiendo un intento (o fracaso) de obra de teatrillo barata en la que la protagonista, irremediablemente, tiene tu sonrisa.

Sin embargo, el hecho de encontrar tan difícil el mero recuerdo me hace pensar que, quizás, jamás hubo alguna razón que te atara, o alguna ley física, o algún verso.

Y así quedo de deshecho y de amparado por saber que, si eso nunca ocurrió, entonces nunca pude hacer nada. Igualmente deshecho por saberte lejos.

Opus#1

Las lánguidas almas de las rosas se marchitaron al compás de las estaciones, y el viento frío siguió vapuleando su ciudad de sueños con una falta de compasión inhumana. Cada lágrima enturbiaba más los arañazos que daba la pluma sobre el papel, las gotas de brandy en el café arrebujaban las palabras con las palabras, haciendo negros bucles de auténtico talento literario malgastado. Las aladas ideas de Cóssimo se fueron, emigrando al sur como las aves; y huérfano entonces de todo salvo de su propio lastre, acabó por desterrar aquella costumbre tan pesada como era el hecho de intentar conseguir que sus musas volviesen. El castigo de la falta de inspiración le comía desde hacía días, y no encontró resguardo en la calle, donde el aire soplaba tanto que temía porque los incompasibles vientos del norte se llevaran a sus ideas, como ya se habían llevado a Perséfone. Cóssimo estaba abatido, y echaba de menos el sol. Era entonces cuando el Senna se helaba y le privaba de reflejo siquiera, y el alma de Cóssimo se estancaba en la melancolía lenta de principios de Enero. Y ni siquiera el canto de las golondrinas, contrastable por su ausencia, le marcaba el ritmo de camino a casa. Cóssimo no era Cóssimo, sino una breve sombra desdibujada de aquel, un chupado trazo abrigado que se arrastraba de cama en cama, de Bourbon en Bourbon, de obras de Víctor Hugo a exposiciones de Goya.

Echaba de menos el sol.

Nunca sabría si el sol era ella, o era tan sólo una depresión post-otoñal.

domingo, 23 de diciembre de 2012

# 17. IRMÃO

Aunque hubiera tenido que hacerte un blog por obligación, que sepas que lo habría hecho. Al rubio, al Yosé,  a Danielle, a Mou, a Jose. A todos ellos y en conjunto a ti.

Tú que eres mi imagen del verano, casi todos los días ahí, cuando no, en la distancia. Siempre cerquita, por si acaso, siempre sonriendo, siempre con la cordura necesaria para hacerme recordar que estoy demasiado loco. Siempre ahí, lo único que cambia son el lugar y las circunstancias. Las canciones de fondo, la habitación, el balón, el césped, el autobús, la película, el botellón, lo que llevara en aquel momento el vaso. Eso es lo único que cambia en toda la historia. Y repito tus palabras: cada momento es ahora eterno en la memoria, pero es por nuestra eternidad por lo que no puedo quedarme con una sola cosa. Aquello que hicimos ya está hecho, por lo que inventemos algo nuevo. Como no, el alemán y el inglés, el pokémon, mono rechulón y D.R., di Natale en las celebraciones. Master & commander. Y censuro.

Son unas pocas de cosas empezando hace tres años, y remarcando desde este Junio. Feria y posteriores. Lo mejor de nuestra historia, el comienzo de la eternidad. Las risas, las bromas, las hostias, los Panamera, todo aquello que merece la pena recordar al día siguiente, y al siguiente. Ese aire de conquistador que tienes,  esas incoherencias en las que me veo reflejado casi sin querer, esas otras cosas en las que te veo a ti. Un reflejo, imagen y modelo, a todo esto. The special one.



Y sí, ya son 17, que eres el pequeño. El pequeño, pero muy grande, tú, que no te pesan los años, capaz de sacarme una sonrisa cuando sea. No me dejo, y ayudan tanto como cualquier rato contigo. Arte, eso es lo nuestro. La clase, la categoría, esa compenetración, tú rubio, yo moreno, de la misma altura, el equipo de dos. Aquel barco que no se hundió, aquellas estúpidas peleas que se acabaron, pero que reforzaron el comienzo de la eternidad. Una eternidad que mira al futuro sonriendo, que igual allí en la capital nos conocen, el dúo diez. Yo me doy un uno. Tu eres el nueve. Los fiesta, los fútbol, los liantes. El loco y el italiano.
Que nos queda muchísimo por vivir, empezando por la próxima tarde. Y no se ve el final. Eso es lo bueno. Que vengo de la selva, y necesito algún tío coherente, a una de las mejores cosas que me ha pasado en la vida, al 16 que cumple 17, al de la Roma, al del Madrid, al genio y figura, el tío que hace que veas las cosas fáciles. El person, el que apunta mal, el que, aunque no lo sepa, está más loco que yo. El que cumple años con la certeza de tenerme ahí siempre, y el que me va a tener los años que hagan falta. El ying. ¿O era el yang? Da igual. El que siempre me deja un tweet para hacerme ver que no hace falta más. El que en teoría sólo habla de fútbol, que es capaz  de sacar sonrisas sin quererlo. Eso intento yo, irmao, que esta es tu felicitación, a imitación de la tuya. Esa que me dejó con una sonrissa de boludo hasta que me dormí esa noche, el Yosé, el Croyff, Mouny Deep, el mago. Jose, que te has ganado el apelativo a la fuerza. Gracias por estar ahí, y por favor, quédate. Yo lo haré.


""HABRÁ MILES DE RECUERDOS COMO ESTE, INOLVIDABLES TAMBIÉN PERO SIEMPRE MEJORES. FELICIDADEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEES¡¡¡¡ 17""


Y ahora ponle cualquier BSO de las nuestras, o la de Rest of my life. Esa es la canción

Praga 1

Praga 2 (las bragas?)

Dúo bueno

los bichos

Jordi

EL MÁS CHULO

Il capitano

Una de 4883983493


los bichos

El León Inglés-por cortesía de Mr Methapors

Smiley

Los bichos 

Los bichejos

Guidos-Summer 12



Nochevieja




















Rest of my life

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Variazione di un tango


En aquel espacio de tiempo entre el metro y su casa comenzó a pensar por primera vez.  A pensar en cuánto echaría de menos sus ojos, aquella manera especial que podía tener de arrugar la nariz cuando algo no le hacía demasiada gracia, sus medias sonrisas posteriores. Se sintió algo más desamparado que el momento antes de haberse echado a pensar, así que apretó el paso.  No era otra de sus descripciones tristes y arrastradas, tan sólo una apreciación.  Hacía frío, y desde hacía tiempo sospechaba secuestro, pero siempre había sacado fe de las dudas que empapaban su almohada, y no sabía exactamente cómo.

Ahora, sin embargo, las dudas se le habían hecho tan obvias que no eran dudas, sino cuadros burlones en las paredes del mismo pasillo que tenía que recorrer una y otra vez.

Él, irremediablemente, lo aceptaba, y cruzaba las manos tras la espalda mientras andaba. La resignación le dejaba siempre un sabor algo grisáceo, pero era mejor que la pena doliente del que sabe que no puede hacer nada, y se castiga por algo que, como es, escapa de su alcance.

“Sencillamente el amor es un juego, una ilusión para uno que para el otro jamás existe. “

Ahora comprendía el porqué de los largos silencios abatidos y borrachos del Capitán.
Ni una sola mención mental más del nombre de su musa en el resto del camino. Le temblaban los dedos con la experiencia del que se sabía desamparado en el ascensor. Tamborileó una vez más aquel ritmo nervioso antes de abrir la puerta de su piso, y ver que no estaba.

Los cuadros del pasillo se cayeron todos.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Matemáticas, amor y locos.

Queremos creer en leyes físicas, como antes se creía en Dios. Queremos creer que todo está justificado, que hay escrita una fórmula en el espacio sideral que justifica que ella no esté, que la cama esté tan vacía. Realmente, estamos tan engañados por nosotros mismos, y sobrevaloramos tanto a esas cuatro fórmulas casuales, que, sencillamente, no aceptamos que las cosas pasan por necesidad. Nos colgamos de la Luna sin saber que va a soplar demasiado viento, grabamos sueños con tanta facilidad que los desperdiciamos.

Desde aquí, compadezco a los físicos de pizarra y bata, y gafas gruesas, tan abocados al desastre, que se aferran a lo que dijeron cuatro Gauss, Bayes, Pitágoras(?).

El universo es injusto. Y las matemáticas despiadadas. Y los pobres que miramos con respeto esas leyes inaccesibles para nuestras plumas de letras, tan sólo podemos conformarnos con escribir mentiras (o cuentos, la palabra varía según el optimismo). Y luego, en autoconvencernos de ellas: "esa chica no está por no merecerme"," la cama es mejor así, más amplia" (maldita amplitud, parece un barranco). Y si no lo intentamos, dejamos que la música lo haga por nosotros. A veces no hace falta que sea en el idioma propio, a veces no hace falta siquiera un idioma. Un piano que nos hable claro nos derrumba el castillo de naipes de un manotazo.

Ahora soy yo el confundido. No sé a quién compadezco más. Pobres locos soñadores. Pobre yo.

VL

martes, 23 de octubre de 2012

París I



Quizás si mis pasos no me hubieran llevado hasta París, no habría vuelto. Aún hoy siento la magnificencia con la que me desveló la ciudad la primera vez, aquella primera vez en la que yo llegaba por casualidad y completamente derrotado, huérfano de amor y apurado de dinero. Recuerdo que París me maravilló con sus elegantes edificios recargados, sus frágiles torres altas, las luces brillantes que se veían en el espejo sempiterno del Senna. Recuerdo verme a mí mismo intentando cazar un rayo de sol, aunque fuera aislado, para poder satisfacer esa morriña que todos los acostumbrados al sol tenemos. Recuerdo que la Torre Eiffel no me impresionó tanto como lo que quedaba a nivel de suelo (los amores, las penas, el armónico acento francés; lo mundano en general), mientras aquella arrogante bandera francesa pugnaba por separarse de la puntiaguda señal hacia el cielo que lanzaba Eiffel, azotada por los vientos fríos que yo combatía con café y bufandas. Recuerdo los amores de metro que tenía yo con las francesas, elegantes, sutiles, reinas de la moda y el encanto; recuerdo cómo perdía una y otra vez la parada de la Roue de Cautelar por quedarme mirando un delicioso segundo más aquellos ojos que solían estar enmarcados por una ojeras de preocupación o estrés, y que yo mismo prometía borrar con un beso; también recuerdo cómo sentía un pellizco triste por perder de vista a mi nueva enamorada (cuyo nombre, en mi imaginación, siempre acababa en “e”).

Por tal acumulación de recuerdos que me hacían perder la mirada varios segundos durante mis noches venidas a poco, volví. Volví a París, volví al frío, que une más a los enamorados, y desvela a los desamparados (debería ser al revés, es lo justo en un universo donde nada lo es, y ni las matemáticas tienen compasión). Volví a sentarme en un banco cualquiera para ver pasar a la gente, volví para sonreír un poco con el alma. Volví a sentir apetito por la comida, que hacía juego con las mujeres: breves, tímidas, frágiles, ardientes tras una máscara de indiferencia, perfectamente insólitas. Comencé a coger aprecio a los mètres que me servían el vino, que sustituyó milagrosamente a mis accesos incontrolados de Bourbon; también a los estirados ejecutivos de traje y maletín, que no veían el momento de salir a correr para salvar la economía. Los apreciaba porque me enseñaron que la vida no es para eso, es para tomársela con calma. Es algo que encaja a la perfección con mi filosofía  de la resignación. En París hubo muchas miradas francesas que pudieron quedarme colgando de sus pestañas con rimel, pero que dejé pasar con un elegante capotazo y una sonrisa de perro viejo, “A estas me las conozco yo”. Me dediqué a sonreír, pues eso, con el alma. También me dejé enamorar por la fotografía, otra de mis pasiones pasajeras que, como casi todas las mujeres de mi vida, llegan como un tornado, terriblemente amorosas e incontroladas, a las que yo me entrego en cuerpo y alma, ellas en cambio arrasan mi mundo, y yo me quedo con cara de bobo y con una poesía a medias colgando en el tintero cuando se van. Ése tipo de pasiones son tan fugaces que las tengo que intentar pintar para tener un recuerdo algo menos difuso al que aferrarme en mis noches a la deriva. Como ya te conté, soy malísimo pintando, es de aquel otro tipo de pasiones, que se me dan tan mal que yo decido incluir en mi currículum. Cuando termino de pintarlas son más confusas aún que lo poco que atesoro yo en mi retina, y así vivo, desvelado por los sinsentidos de mi vida.

Y la verdad, en París hice bastantes fotografías. Sigo defendiendo que el color frío del invierno es algo mágico. No pienso venderlas, no pienso hacer exposiciones de ellas, me las quedaré como recuerdo de la única mujer que ha sabido corresponder mi amor (y a la que he sabido amar). 

Pd : Me doy cuenta (y me aterro de ello) de que soy incorregible, siempre tan obvio, tan repetitivo, siempre tan aferrado a mis falsas ideas. Soy de los pocos en saber hacer depender todo de una nube. París me lo recordó. Si caí de nuevo en la fotografía, volveré a caer en las redes de aquello que abrillanta mi esencia, aquello que sólo en la música me dejo expresar.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Baires, I

Siempre lo he pensado. No debe haber persona más triste en el mundo que un argentino mojado. Casi le puedo ver, caminando calle arriba con la cabeza gacha, una mano en el bolsillo buscando algún milagro de esos que yo solía hacer, la otra en un ramo de flores también mojado, triste, con los coloridos pétalos también mirando a la acera sistemáticamente gris.

Ahí, con su acento casi estúpido, con sus manías, sus idas y venidas, su lengua incontrolable, su testarudez. Subiendo la calle como un coloso, soportando todo el peso de sus decisiones y su mundo sin más ayuda que un mudo cigarrillo que se balancea en su boca mientras murmulla improperios. Casi me parece ver la viva imagen de Roberto aquella mañana de Febrero en la que hacía frío, bastante. Y así andaba él, con una mano buscando un milagro, o algún billete extraviado, realmente no sé qué era; y la otra soportando por casi dignidad aquel marchito nuevo ramo de flores.

Recuerdo que no hubo semana más fría y lluviosa en Buenos Aires (o Baires, como lo llamaba Roberto cuando bebía y se enfadaba con el mundo) que aquella sucia y fea de Agosto. Roberto, al igual que todos los argentinos, llevaba un filósofo dentro domado a base de fracasos, alcohol y  más fracasos atribuidos a su ética, sus valores y sus mentiras; así que mientras llovía fuera, él me contaba todo lo que se le ocurría sentados a la barra de un antro del centro.

"-Realmente, la soledad no es tan mala. En algún momento de nuestra vida estamos solos, queramos o no, así que es mejor estar a gusto con uno mismo, carajo, para que cuando llegue ese momento no nos pete el orto-decía, perdiendo la mirada con una sonrisa blasfema-.Al fin y al cabo, no existen tumbas de dos."

Decía cosas de borracho que jamás despertaron en mí la más mínima sorpresa, pero otras cosas como esas me hacían levantar la mirada del fondo cada vez más difuso del vaso que estaba sellado a  mi mano. Le miraba, atónito por lo que acababa de oír, por la profundidad y cruel realidad que emanaba de aquellas palabras que se perdían en el ambiente enrarecido del bar, y tan sólo veía en él una cara de resignación cruda aceptada serenamente, antes de que volviera a beber aquel maldito whisky que sabía a demonios.

Roberto fue mi profesor en desastres el poco tiempo que compartí con él en Baires. La verdad, aquel filósofo realista y borracho decía verdades como puños que seguramente se le olvidaban a los pocos segundos, pero que en mi memoria hicieron pozos profundos. Roberto también fue mi maestro músico, me enseñó el auténtica alma argentina, el tango; me enseñó que los violines y acordeones también lloran, que no hace falta hablar para entender lo que dice "una dama", como le gustaba a él hablar con cariño y pena de sus prostitutas preferidas. Era un alter-ego de él mismo aquellos días tristes, pues las llamaba por teléfono como quien llama a una vieja amante, quedaba con ellas en su piso, y yo hacía como que me iba de allí, cuando en realidad les espiaba al otro lado de la puerta. Él las llevaba a su habitación de la mano, como un galán, las sentaba en la cama, y les hablaba. Se pasaban horas hablando de diversos temas, para acabar siempre igual: un beso en los labios tímido, suave, breve como un aleteo, justo antes de que se fueran. Él las acompañaba de vuelta a la puerta, las despedía desde al marco, amarrado como Ulises a su mástil para no salir corriendo tras ellas, y las veía desaparecer por el ascensor. Yo, que cuando les sentía salir desde el otro lado de la puerta, me escondía en el rellano, fingía llegar más tarde. Y siempre me lo encontraba sentado en su sillón viejo y verde desgastado, con la mirada perdida y oliendo a tabaco y alcohol a partes iguales, con unos cuantos billetes menos en su cartera y, quizás, una cicatriz menos sangrante en su corazón. Siempre tuve miedo de que se le cayera alguna chispa a su ropa empapada en whisky y saliera ardiendo.

La verdad, aquella semana, Roberto era una auténtica mierda de argentino, siempre mojado y fumador, borracho y viejo como para cambiar sus vicios, y no convertirlos en costumbre. Pero le apreciaba. El día que nos despedimos en el aeropuerto no había empezado a beber (aún), y pese a ello, durante el apretón de manos que nos dimos, supo responder a mi pregunta mejor que aquel filósofo borrachuzo que llevaba encadenado al alma.

"-Roberto, te confieso que vine acá buscando amor, y no he encontrado a esa..-él me miró como si ya supiera todo eso desde que nos conocimos, hacía unos ocho días, y cortando mi intención de continuar la frase, sonriendo casi de manera fraternal, me dijo:

-El amor es de pobres. Siempre lo ha sido. Jamás ha habido un rey que haya sido amado por su esposa, y este amor haya sido correspondido. Pero más pobre es aquel que carece de amor. Acordaos.

-Roberto, estás curtido en eso. ¿Dónde está mi... dama?-dije yo, con casi sorna.

-Ah, carajo, eso es complicado. El mundo es bien grande, y eso de encontrar a esa chica... está bien jodido. Sobre todo desde que el twitter nos robó el romanticismo."

Tras esta sonrisa, me dijo un "Adiós" que realmente significaba adiós para siempre, pues ambos sabíamos que no nos volveríamos a ver. Pero aquel adiós sonó alegre, casi jovial, como quien se despide por un rato. Roberto, el argentino enamorado de las putas, el filósofo borracho, el fumador sempiterno, me dejó un legado que creo durará para siempre. Quizás a eso se refería con aquel adiós.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Hoy, madre.

Compartiría hoy contigo, madre, las palabras más bonitas que pudiera llegar a  escribir si no estuviera tan borracho. Me entristece escribirte así,  desde la incomodidad de la lejanía, pero mi orgullo autocompasivo se ha impuesto a las muecas vacías en los espejos. Echo de menos las leyes físicas inamovibles en forma de consejos que solías darme. Las he olvidado todas. Sin remedio. Mi amnesia alcoholizada no es tan comprensiva como creí. Estoy gastado, abocado al desastre, madre. Creo que guardé todas las cosas que necesitaba en un baúl, y perdí la llave. Ahora estamos solos mi baúl y yo. Ya ves de qué me sirve ahora saber escribir poesía si no tengo la pluma del abuelo para trazar cuatro rimas sacadas de puntillas. Es curioso. Ahora que estoy metafóricamente desnudo, tengo más cosas que esconder y menos para impresionar. Como la ridícula manía de echarla de menos. Como mi estúpida manera acelerada de besarla antes de que se evaporase, como la lentitud agobiante con la que me acariciaba la espalda. Como las cicatrices que me dejó en la espalda. También suelo esconder mis mentiras baratas, ahora ya tan inútiles como la pluma del abuelo. De qué vale la herencia, si sólo la disfrutan los vivos, y es a costa de los muertos.

Realmente titubeo antes de escribir la siguiente frase que me ordeno imperiosamente plasmar en un papel que dudo que te llegue. Mañana a estas horas yo seré un nuevo Larrañaga, otra vez; borracho como siempre, un hombre tardío y arrepentido, con tantos pecados y deudas cosidas a su talones que dudo que le vuelvan a fiar nada, otra vez. Tan orgulloso que tirará esta carta, su última confesión absurda, otra vez. O quizás vuelva a sentarme en este banco y a mirar al cielo; y quizás vuelva a verte allí donde aseguras estar. Bueno, eso jamás lo dijiste, pero me gusta pensar que estás ahí.

Hoy, madre, reconozco que el amor es algo innecesario en mi vida. Me atrae con un par de piernas largas y otro par de sonrisas afiladas como cuchillos; y luego se esconde entre los biombos de la trastienda de una mujer: sus sentimientos, el nosotros, las miradas que sigo sin saber descifrar, las cenas románticas, los besos que significan que todo va bien. Me mareo, y acabo saltando a un lado, alejando irremediablemente a ése par de piernas que me guiñan un ojo, mientras yo crezco más y más joven, y mi cuerpo lo marchita el insomnio. La experiencia no sirve de nada. Es algo que me ata a lo ya ocurrido, sometiendo cualquier nuevo presente al fantasma del viejo pasado, quitándome tiempo y volviendo a hacerme decir las mismas frases, volviendo a mirar con añoranza por la ventana la lluvia y el mundo que baila  ami alrededor. La experiencia sólo me sirve para recordar los días largos y las tardes de lluvia, cuando me siento a la orilla de la cama a pensar en el porqué del incómodo vacío del lado izquierdo de la cama.

Hoy, madre, he querido dejarte constancia de que sigo como siempre: igual de loco, igual de abandonado por el amor, igual de quemado por el alcohol y los recuerdos, igual de vagabundo de cama. Igual de bien a medias, igual de despreocupado por unas cosas y aparentemente obsesionado con otras. Quiero dejarte constancia de que sigo viviendo esta incoherencia.